Razón #3 El ministerio por: Juan Marcos Tapia.





¿Conoces las primeras razones? Te recomendamos leerla aquí  
Razones para que un joven consagre su vida a Dios (NUEVA SERIE)
Razón #1 La Devoción a Dios.
Razón #2 La Gracia




Para ser de uso especial, consagrado y útil al Señor, uno tiene que mantenerse limpio de todo lo malo; entonces será útil para cualquier cosa buena. (2 Timoteo 2: 21)

Como seguidores de Cristo, debemos estar conscientes de lo importante que es trabajar en el ministerio. El Espíritu Santo nos dota de distintos dones que debemos utilizar para el fortalecimiento del cuerpo de Cristo. La palabra ministerio, en su etimología, está asociada a aquel que sirve (“minister” en latín), de manera que un ministro y un servidor son la misma cosa. En este caso tratamos el servicio en la obra del Señor, responsabilidad que todos sus siervos compartimos. El problema aquí es la desviación que nuestro enemigo, el diablo, ha logrado aplicar en esta área de la vida del creyente, apoyado por nuestra naturaleza pecaminosa y los recursos de este mundo espiritualmente quebrado, logrando que muchos trabajen con tal afán que han llegado a olvidar el verdadero propósito del ministerio: la gloria de Dios.

Una de las experiencias más amargas y desagradables que puede experimentar un cristiano consiente de su relación con Dios es la falta de integridad al trabajar en el ministerio, en bajo o alto grado, todos hemos pasado de alguna manera por esto. La causa por la que trato este tema como el último en esta serie, es porque no imagino el daño que se puede ocasionar si le damos prioridad al ministerio en nuestras vidas, por eso, espero que hayas leído las razones anteriores (Devoción y Gracia) antes de leer sobre el ministerio como una de las razones para consagrar nuestra vida a Dios.



Debemos orar para que sea destruida la separación que a veces tenemos entre la consagración y el ministerio ¡Cuán dañino sería pretender servir con pecados inconfesos en nuestras vidas! ¡Qué hipocresía estaríamos practicando al no vivir aquello que profesamos! Sé que muchos se identificarían conmigo si digo que numerosas veces me he sentido mal al tratar de cumplir responsabilidades ministeriales mientras mi relación con Dios no ha estado muy bien que digamos. Consagrarnos a Él debe ser nuestra prioridad por el mero hecho de consagrarnos a quien merece lo mejor de nosotros y también para poder ser instrumentos de honra para su gloria. Es nuestra lucha, uno tiene que mantenerse limpio…

Por otro lado, algunas veces nos distraemos tanto al ver lo que Dios hace por medio de nosotros que pretendemos poner nuestras emociones y dependencias en meros resultados ministeriales sin dar prioridad a la búsqueda de Dios mismo en nuestras vidas. No se trata de pensar que vamos a merecer, con nuestros hechos, trabajar en el ministerio, más bien ponemos en alto y respetamos nuestra relación con Dios al buscar ser siervos fieles y trabajar como tales.

Existen varios motivos por los cuales debemos buscar la consagración al trabajar en el ministerio. Pensemos en esto y reflexionemos un poco:

  1. Si el ministerio se ejerce para la gloria de Dios ¿Cómo puedo pretender olvidar que mi vida debe apuntar a lo mismo (su gloria)? 
  2. Si lo que me mueve es que Dios se sienta bien al verme trabajar en el ministerio ¿En verdad pretendo creer que Él no está interesado en mi integridad personal? 
  3. Si mi motivación no es el hecho de que el Padre disfrute de los resultados de mi trabajo ¿Qué me está motivando entonces? 

El trabajar en el ministerio debe acercarme más a Dios, no alejarme. El apóstol Pablo dice que, luego de consagrarse, el creyente será útil para cualquier cosa buena, lo cual tiene conexión con lo que tratamos previamente en la introducción de esta serie, donde afirmamos que la Palabra es el medio por excelencia de consagración ¿Cómo podemos ser útiles para cualquier cosa buena siendo seres tan falibles? Pues por medio del estudio y obediencia de las Santas Escrituras:
Toda escritura está inspirada por Dios… para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. (2 Timoteo 3:16-17)

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