¡Oh alma mía en cuarentena!



Al igual que yo, sé que una gran cantidad de ustedes ama los salmos, es como si tuvieran las palabras que necesitamos justo en el momento oportuno.

Pero aprendí a valorar más los salmos cuando las letritas negras en sus encabezados tomaron sentido al estudiar los libros históricos de la biblia. Detrás de tanta esperanza hubo temor llevado al lugar correcto.

Ciertamente esta época está llena de incertidumbre y la tendencia del encierro nos lleva a pensar y pensar y pensar más las cosas, a analizar. Los medios de distracción son ecos resonantes de tragedias. El pánico de ver a alguien que amamos mal nos invade o la duda de “cuándo se acabará esto” toca la puerta.

¿Será esta nuestra nueva realidad? Esa pregunta me tomó por sorpresa en la madrugada ¿Y si no vuelvo a ver amigos o compañeros de trabajo? ¿Por qué no dí ese abrazo? ¿Por qué no le hablé de Cristo a la barista de mi café favorito?
Y por primera vez mi razonamiento lógico y clínico fue eclipsado por el temor. Corrí a la palabra de Dios, una vez más volví a los salmos y de manera intencional le hablé a mi alma:

"Alma mía, Dios no duerme ni se ha tomado un descanso. 
Nada de lo que sucede le toma por sorpresa. 
Él trae bien y saciará el corazón con su verdad.
Tu esperanza mayor está en Cristo Jesús.
Alma, en esta tierra eres peregrina y extranjera. 
Has fallado pero eres vista en Cristo como alguien digna.
Este llanto puede que dure larga noche, pero su misericordia resplandecerá como amanecer.
Cada mañana es una bendición y cada respiro un regalo. 
Honra a los miembros cerca y valora a los que están lejos.
No tomes por sentado el amor y los abrazos del cuerpo de Cristo o la voz de la iglesia mientras adora junta. 
Recuerda el privilegio de orar los unos por los otros con manos entrelazadas.
Alma mía, anhela la venida de Tu Señor, clama por la redención de nuestros cuerpos en Gloria, Pregona la esperanza de una tierra nueva 
¡No tengas miedo, No olvides lo que Él ha hecho!"

Si quieres un consuelo para estos días de duda, miedo y la ociosidad que nos lleva a pecar, he aquí el mío: ¡Háblale a tu alma!

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